—Pues el señor Conde —le respondí— es un poco calavera. Cosas de la juventud... Yo creo que se enmendará.
—Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?
—Todo lo sé perfectamente —respondí—, y no da un paso sin que yo me entere de ello.
—¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito seas, que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber que la señora Condesa es la que ha formado la Congregación de lavado y cosido.
—¿Y qué es eso?
—Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa de engañifa, sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y cosen. También pertenece la señora Condesa a la Junta de las Buenas patricias, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.
—Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa —dije tratando de disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.
—Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena colocación.
—Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia, por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?
—¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»