Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.
¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo depende, menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal es como el mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a seguirlos, ocúpase tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquellos son los que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más, antes de llegar, suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo pronto se acaban los viajes en este camino.
Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación, la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos, me llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo natural.
Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la Condesa.
«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en arreglar el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo. ¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía más traje decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado, que a tales desperfectos están expuestos los pobres. Aquello, a más de incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, haciéndolo como los de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron, o sin duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores, que pedían agua y más agua.
Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, salí a la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar sino una pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros y alguno que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias paradas y estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.
Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda, demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad, ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.
VI
—Este muchacho —dijo Salmón— enterará a usía de aquello que deseaba averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la Interpretación de lenguas.
El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad: