—Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: Lágrimas de un sacerdote, en dos octavas acrósticas.

—Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de verdaderos poetas —dijo Castillo—, y más aún de un sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria. Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en fin, eso me prueba qué tal será la dichosa Bonaparciana.

—Por Dios, señora Condesa —dijo a esta sazón el Padre José Anastasio de la Madre de Dios—. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que aterraba a todo el mundo. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que no se les ocurre...

—También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor de Su Paternidad —agregó Castillo—, este otro que aquí veo, y es Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el infierno. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.

—¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! —exclamó Salmón—. Óiganme: Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la proclamación de nuestro muy amado Rey. ¿Me las llevo, señora Condesa?

—Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le parecerán muy buenas. Seguidillas que cantó el famoso Diego López de la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas victorias contra los franceses.

—El pueblo español —declaró Castillo— es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y qué me dicen usías de este Asalto terrible que dieron los ratones a la galleta de los franceses, poema en dos cantos? ¿Qué de este Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios? ¿Qué de esta Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina?

—Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores —afirmó con enfado Amaranta—, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de hombre de buenas costumbres.

—Cierto es —dijo Castillo—; pero si usía me lo permite, le haré una observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.

—No me defienda usted tales chocarrerías, Padre —repuso Amaranta—. ¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted el título: Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria.