—¿Pero qué buscan ustedes aquí? —exclamó Pujitos abriendo los brazos en actitud amenazadora—. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo. Condenáas, ¿por qué no van a sacar tierra en Los Pozos?
—Ya hamos sacado tierra: ¡lástima que no fuera de tu sepultura!
—¿Pues qué queréis, demonios?
—¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también nos alistamos.
—Afuera, afuera de aquí, canalla.
—Paz, paz —dijo desde el interior del claustro una gruesa y campanuda voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón—. Haya paz, y no me levante ninguna el gallo.
Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso a la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y risueño continente.
—Aquí está el Padrito. ¡Que viva el Padre Salmón! Ven, Pujitos del demonio, a echarnos afuera.
—Arrastrao —dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole el puño—. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás.
—Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre —dijo socarronamente Salmón—, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no sois buenas, no contéis para nada con vuestro queridito Padre Salmón. Vamos a ver, señoras mías, duquesas y princesas, ¿para qué os agolpáis aquí?