—También es posible —repuse—, y pongamos que ese señor se haya aburrido de estar en su campamento, y tomando una escopeta, a pesar de la oscuridad de la noche, se venga con un par de generales y un par de perros por esos trigos a levantar y correr perdices, que todos los monarcas suelen ser cazadores.
—Eso no me parece verosímil —dijo—; pero bien podría suceder que ese hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables fortificaciones y estudiarlas cómodamente.
Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada en lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni sentir rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano derecha conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos dejó suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar de millares de caballos.
—¡Es una avanzada de caballería! —gritó nuestro coronel—. Retirémonos.
—¿Qué es eso de retirarse? —gritó con enojo el Gran Capitán—. ¿Somos españoles o qué somos?
—No tenemos más que cuatro caballos —le dijo el jefe—. Si nos dan una carga, ¿qué va a ser de nosotros?
—¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en cargamentos! Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy adelante.
Los muchachos, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis o siete vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio interior de las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos militares, más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma alguna, profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una retirada a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al Gran Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas sin cuento podrían realizar tras las fortificaciones.
El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda prisa avanzaban, y me decía:
—Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones?