—He estado en el Retiro desde el amanecer —me contestó—. Pero ¿qué se había de hacer con tan mala y tan poca artillería?

—¿Pero por qué ha cesado el fuego?

—El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz?

—¿Yo?... Ni ganas.

—Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño.

—¿También se ha batido D. Luis?

—¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso y jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos ha aconsejado que nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible pelear contra los franceses.

Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de honrados, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones que oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no habían recibido bien la suspensión de armas.

—Como que les han untao —decía un majo de trabuco y charpa.

—¡Que nos han vendío! —exclamaba una mujer, en quien me pareció reconocer a la viuda de Chinitas.