—Lo cortés no quita lo valiente, señor profeta; no vea en mí más que el amigo, un ciudadano de buen humor, a quien le hace mucha gracia usted y su cuadrilla, y la sombra con que ha convertido la vagancia en una religión muy cómoda y muy desahogada..., ja, ja... Esto no es ofensa, porque hay que reconocerle el talento, la trastienda... En fin, que el tío es muy largo, pero muy largo, y yo siento que no haya querido clarearse conmigo... Repito que no hay ofensa. ¡Si me ha sido usted muy simpático!... No quiero que se vaya sin que quedemos amigos. Aquí le traigo algunos víveres para que se los lleve en su morral.

—Gracias mil, señor alcalde.

—Y dígame: ¿no quiere algo de ropa, unos calzones míos, zapatos, alpargatas...?

—Infinitas gracias. No necesito ropa, ni calzado.

—¡Vaya con el orgullo! Pues crea que es de corazón. Usted se lo pierde.

—Muy agradecido a sus bondades.

—Pues adiós. Sabe que aquí quedamos. Me alegraré que salga en bien, y que siga su campaña. No crea, ya sacará discípulos, sobre todo si el gobierno sigue recargando las contribuciones... Adiós... Buen viaje... Niñas, divertirse.

Salieron, y como era tan de mañana, poca gente salió a despedirles. Al frente de los curiosos se veía la cabeza oscilante de Ujo, el cual fue dando convoy a la estimada de su corazón hasta donde la debilidad de sus cortas piernas se lo permitía. Cuando tuvo que quedarse atrás, se le vio arrimado a un árbol, con la mano en los ojos.

Los guardias echaron de delanteros a Nazarín y el anciano mendigo. Seguían: la niña de este dando la mano a Beatriz, luego Ándara, y detrás los dos criminales, atados codo con codo; a retaguardia los civiles, fusil al hombro. La triste caravana emprendió su camino por la polvorienta carretera. Iban silenciosos, pensando cada cual en sus cosas, que eran, ¡ay!, tan distintas... Cada cual llevaba su mundo entre ceja y ceja, y los caminantes o campesinos que al paso les veían, formaban de todas aquellas existencias una sola opinión: «Vagancia, desvergüenza, pillería».

QUINTA PARTE