—No, no, he pecado yo más.

—¡Quia! ¡Que te limpies...! Dime: ¿tú has pegado fuego a una casa?

—No; pero eso no es nada.

—¿Pues qué has hecho tú? Bah. Querer al Pinto... ¡Valiente cosa!

—Y más, más... ¡Si una pudiera volver a nacer...!

—Haría lo mismo que ha hecho.

—¡Ah!, lo que es yo, no; yo no lo haría.

—Yo pondría más cuidado, caraifa; pero no respondo... La verdad, ahora me pesa de todas las maldades y truhanerías que hice; pero como hemos de padecer tanto, porque así nos lo dice él, como no tenemos más remedio que aguantar y sufrir las crujías que vengan, yo no lloro, que tiempo habrá de llorar.

—Pues yo sí, yo sí —dijo Beatriz inconsolable—; yo lloro por mis culpas, ¡ay!, la mar de ofensas a Dios y al prójimo. Y pienso que por mucho que llore no es bastante, no es bastante para que tantísima culpa me sea perdonada.

—¿Pues qué ha de hacer Dios más que perdonarte, si de mala que eras te has vuelto buena como los ángeles?... Yo sí tengo que juntar a Roma con Santiago para que me perdone Dios. Mira, Beatriz, en mí la maldad está metida muy adentro: cuando estábamos en el castillo, yo tenía envidia de ti, porque, a mi parecer, él te quería más que a mí. Gran pecado es ser envidiosa, ¿verdad? Pero después que nos prendieron, y cuando vi que tú, libre, venías con nosotros, y querías ser tan prisionera y tan criminal como nosotros, se me quitó aquella mala idea; cree, Beatriz, que ya se me quitó, que te quiero de corazón, y que tus penas las tomaría yo para mí.