—El que quiera salir, que salga... El que huya no será jamás en mi compañía.

Ándara, que tenía la cara contra el suelo, refregándose boca y nariz en las sucias baldosas, se incorporó para decir entre gemidos:

—Pues yo me quedo.

El Sacrílego, que había subido al tejado como en persecución de su compañero, volvió muy fosco apretando los puños:

—Libertad, no... —le dijo Ándara con voz sofocada, como de quien se ahoga—. No quiere..., no, libertad.

Nazarín oyó claramente la voz del Sacrílego, que repetía:

—No libertad. Yo me quedo.

Debieron de cogerle en brazos entre los dos, porque el buen peregrino se sintió llevado por los aires como una pluma, y en la turbación que le agobiaba, quitándole sentido y palabra, la conciencia de su mal era lo único que subsistía, manifestándose en esta afirmación:

—Tengo un tifus horroroso.

VI