—Dios se lo pague.
Ya cerca del día, y hallándose en un momento lúcido, después de haber desembuchado mil desatinos, tocantes al Tripita, la Tiñosa y demás gentuza con que ordinariamente trataba, la tarasca dijo a su bienhechor:
—Señor de Nazarín, si no tiene comida, supongo que no le faltará dinero.
—No tengo más que lo de la misa de hoy, que aún no lo he tocado, ni me lo ha pedido nadie.
—Mejor... Pues, en cuanto amanezca, traerá media librita de carne para ponerme un puchero. Y tráigase también medio cuartillo de vino... Pero mire, venga acá. Usted no tiene malicia, y hace las cosas a lo santo, con lo cual perjudica, sin querer. Mire, oiga lo que le digo. Haga caso de mí, que tengo más... gramática. No compre el vino en la taberna del hermano de Jesusa, ni en la de José Cumplido, donde le conocen. «Anda, anda —dirían—, el bendito Nazarín comprando vino, él que no lo cata». Y empezarían a chismorrear, y que torna, que vira, y alguien se metería en averiguaciones, y, ¡contro!, me descubrían... ¡Y qué cosas dirían de usted!... Váyase a comprarlo a la taberna de la calle del Oso, o a la de los Abades, donde no le conocen, y además hay más conciencia que por aquí, vamos al decir, que no bautizan tanto.
—No necesitas decirme lo que tengo que hacer —replicó el clérigo—. Sobre que la opinión del mundo no significa nada para mí, no es bien que yo tome tus consejos, ni que tú te atrevas a dármelos. Ni tengas por seguro tampoco, desdichada Ándara, que esta pobre morada mía es escondite de criminales, y que a mi sombra vas a encontrar la impunidad. Yo no te denunciaré; pero tampoco puedo, porque no debo, ¿entiendes?, burlar a tus perseguidores si con justicia te persiguen, ni librarte de la expiación a que el Señor, antes que los tribunales, sin duda te sentencia. Yo no te entregaré a la justicia: mientras aquí estés, te haré todo el bien que pueda. Si no te descubren, allá Dios y tú.
—Bueno, señor, bueno —replicó la tarasca entre hondos suspiros—. Eso no quita para que compre el vino donde le digo, porque es menos cristiano allá que acá. Y si no tuviere bastante guita, busque en el bolsillo de mi bata, donde debe de haber una peseta, y tres o cuatro perras. Cójalo todo, que yo para nada lo necesito ahora, y de paso que va por el vino, tráigase una cajetilla para usted.
—¡Para mí! —exclamó el sacerdote con espanto—. ¡Si sabes que no fumo!... Y aunque fumara... Guárdate tu dinero, que bien podrías necesitarlo pronto.
—Pues el vicio del tabaco, ese nada más, bien lo podría tener, ¡mal ajo! Vamos, que el no tener ningún vicio, ninguno, lo que se dice ninguno, vicio también es. Pero no se enfade...
—No me enfado. Lo que te digo es que las vanas palabras y la distracción del espíritu son un nuevo mal que añades a los que ya tienes sobre ti. Reconcentra tus pensamientos, infeliz mujer, pide el favor de Dios y de la Virgen, sondea tu conciencia, reflexiona en lo mucho malo que has hecho, y en la posibilidad de la enmienda y del perdón, si con fe y amor procuras una y otro. Aquí me tienes para ayudarte, si piensas en cosas más serias que el escondite, la peseta, el vino, y la cajetilla..., a no ser que esta la quieras para ti, y en tal caso...