—Yo creo que es triste —afirmó Beatriz.

—Y yo que es alegre... —dijo Ándara—, porque se alegra uno cuando descansa, y a esta hora el día se tumba en la cama de la noche.

—Yo sostengo que triste y alegre —repitió Nazarín—, porque esos sones y esa placidez no hacen más que reflejar el estado de nuestra alma, triste porque ve acabarse un día, y un día menos, es un paso más hacia la muerte; alegre, porque vuelve al hogar con la conciencia satisfecha de haber cumplido los deberes del día, y en el hogar, el alma encuentra otras almas que le son caras; triste, porque la noche lleva en sí una dulce tristeza, la desilusión del día pasado; alegre, porque toda noche es esperanza y seguridad de otro día, del mañana, que ya está tras el oriente acechando para venir.

Las dos mujeres suspiraron y se callaron.

—En esto —prosiguió el árabe manchego— debéis ver una imagen de lo que será el crepúsculo de la muerte. Tras él viene el mañana eterno. La muerte es también alegre y triste: alegre, porque nos libra de las cadenas de la esclavitud vital; triste, porque amamos nuestra carne, como a un compañero fiel, y nos duele separarnos de ella.

Siguieron andando, y más adelante volvieron a descansar, ya cerrada la noche, el cielo sereno, inmensamente limpio y cuajado de innúmeras estrellas.

—Pienso —dijo Beatriz, después de una larga pausa de arrobamiento— que hasta ahora no he visto el cielo, o que ahora lo veo por primera vez, según lo que me gusta mirarlo, y lo que me asombra ver tantísima luz.

—Sí —replicó Nazarín—, es tan bello que siempre parece nuevo, y como acabadito de salir de las manos del Creador.

—¡Qué grande es todo eso! —observó Ándara—. Yo tampoco lo había mirado nunca como ahora... Y diga, padre, ¿todo eso lo hemos de ver de cerca cuando nos muramos y subamos a la Gloria?

—¿Ya estás tú segura de ir a la Gloria? Mucho decir es eso. Allá no hay cerca ni lejos...