Ándara dijo a su compañera:
—Llámale, y cuando baje se lo cuentas.
Entonces Beatriz, inundada de un gozo inefable, reconoció que había caído de su boca el candado que la impidiera revelar al maestro su desdicha; sintió libres las palabras, antes esclavas de un mal pensamiento, y no queriendo esperar a que Nazarín bajara, le llamó con grandes voces:
—Señor, señor, baje, que tengo que hablarle.
—Allá voy —respondió el clérigo, saltando por los sillares—; pero no tengas prisa, mujer, que tiempo hay. Ya sé para qué me quieres.
—¿Cómo lo sabe si aún no lo he dicho?
—No importa. Ea, ya me tienes aquí. Conque ¿decías que...? Hija, gracias a Dios que hablas. A ti te pasó algo ayer.
—Pero, señor, ¿cómo lo sabe? —preguntó Beatriz asombrada.
—Yo me entiendo.
—¿Acaso lo adivinó? ¿Usted sabe lo que no ha visto, lo que no le han dicho?