—Na más que el aquel de decirte que te estimo, caraifa.

—Y yo a ti más, coquito, caracol de la casa. ¿Te has cansado? ¿Quieres pan?

—No; traigo. Y pa ti este, que es de flor y huevo... Toma. Hola, señá Beatriz; tío Zarín, Dios les guarde... Pues vengo a decirvos que vos vaigáis... Anoche salieron pa subir acá el Pinto y quillotros; pero por mor de la neblija se golvieron. No vedían, caraifa. Hoy se han dido con el vacuno..., mucha res, caraifa. Al toque de la primera misa, se jueron... Pero no penséis que estéis seguros, caraifa. Anda el run de que hay latrocinio... ¡Mentira! Yo te estimo, Ándara... Pero desapartaos de la Guardia civila, pues diz que diz que si vos coge, vos lleva como relincuentes públicos y criminales, caraifa.

Nazarín le respondió que ellos no eran delincuentes, y que si la Guardia por tales los tomaba, pronto se desengañaría, por lo cual ni escapaban, ni dejarían de permanecer donde no estorbasen a nadie. El nano, sin prestar gran atención a esta negativa, tiró a Ándara de la falda para llevarla aparte, y le dijo:

—Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no te cogen, y yo te estimo... ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz? ¿Que más feo yo? Caraifa, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo... Es la primera vez que estimo..., y eso dende que te vi, caraifa.

Las risotadas de la moza atrajeron a los otros, y el pobre Ujo, corrido, no hacía más que decir:

—Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo... Latrocinio, Guardia civila...

—El nanito me estima. Dejarlo que lo diga... Es mi novio, ¿verdad? Pues claro que me quedaré contigo, con mi galápago de mi alma, con mi coquito. Di otra vez que me estimas. A una le gusta...

—Sí, te estimo —repitió Ujo rechinando los dientes, al notar que Beatriz le miraba burlona—. Manque rabien, te estimo, caraifa.

Y echó a correr. Ándara le despedía con fuertes voces, y él enfurruñado y dándose golpes en el cráneo bajó, más bien parecía que rodaba, sin mirar a los tres habitantes del castillo. Los cuales una hora después descendían por la parte opuesta al pueblo, y se encaminaban por la margen izquierda del Perales, aguas abajo. Pasaron por donde este se junta con el Alberche, y a poca distancia de la confluencia vieron a unos labradores que estaban cavando viñas. Nazarín les propuso ayudarles, por una limosnica, y si nada les daban, trabajarían lo mismo, siempre que lo consintiesen. Los labradores, que parecían gente acomodada y buena, entregaron a Nazarín una azada, a Beatriz otra, y a la de Polvoranca un mazo para desterronar. Uno de ellos cogió del suelo su escopeta, y a los pocos tiros que disparó en un matorro cercano, cobró tres conejos, de los cuales ofreció uno a los penitentes.