Augusta, sentándose junto á Federico en una banqueta, y reclinando su cabeza sobre el pecho de él.
Te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo un proyecto para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle de la plaga de sus acreedores.»
Federico, agitado.
Por Dios, no me hables de eso. No sabes el daño que me causas.
Augusta, vivamente.
Considera que si algo hacemos por ti, no es él quien lo hace, sino yo.
Federico.
No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide por cuantos medios estén á tu alcance los favores de ese hombre, á quien yo, por mil motivos, debería reverenciar... (con mucha inquietud), de un hombre á quien tú y yo ofendemos gravemente. (Augusta da un suspiro y cierra los ojos.)
Augusta, después de una pausa.
¿Sabes que me dormiría yo aquí tan ricamente? Siento el latido de tu corazón, ¡pum, pum!, y el chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos arrullos y el sueño que tengo, me quedaría como piedra en un pozo. ¡Ay qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara el pensamiento para mantenerme en vela!