Augusta.
Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal, con un arte tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.
Federico.
No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás cómo las descubre. Y cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre nosotros más fuerte, más alta que nunca.
Augusta, estrechándole en sus brazos.
Pues yo la destruyo, yo la hago pedazos, la rompo con mil y mil besos. Y si tú eres un presidiario, yo seré una presidiaria; si tú eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú quieras que sea, menos...
Federico, para sí, confuso.
Nada puedo contra este corazón monstruoso. Las ideas morales se estrellan en él, como migas de pan arrojadas contra el blindaje de un acorazado...
Augusta.
¿Qué piensas?