Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto calcular las respuestas que debo darles.
Federico.
¿Y papá ha salido?
Claudia.
Sí, señor; pero viene á almorzar.
Federico.
Pues vete á la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese chiquillo. (Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea.) Ven acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y puro, que no se permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (El chiquillo suelta la risa.) Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto consuela.
Claudia, al chiquillo.
Sol del mundo, soberano pontífice, regente del reino..., no le beses, que es muy malo. Pégale, pégale.
Federico, besando al niño.