«Dispénsame—dijo en una de aquellas apariciones, sacando una sábana y rasgándola en tiras—. Al venir aquí me he encontrado a la pobre Celedonia tan perdida de su reuma, que me parece que se nos va...».

Oyéronse entonces claramente quejidos humanos, que anunciaban dolores muy vivos.

«¡Pobre mujer!—dijo Polo—. No he querido mandarla al hospital. ¿Quién ha de cuidar de ella si yo no la cuido?».

En el rato que estuvo sola, Amparo creyó prudente cerrar la puerta de la casa, pues con ella abierta, considerábase vendida en aquella mansión de tristeza, miedo y dolor.

«Aquí estoy otra vez—dijo el tal, reapareciendo en la sala con un puñado de algodón en rama que dejó sobre la cómoda—. No se puede mover. He tenido que darle una vuelta en la cama. Yo le doy las medicinas... Se resiste a tomar cosa alguna, como yo no se la dé. También le pongo las vendas en las rodillas y unturas y cataplasmas... Anoche no he pegado los ojos. Ni un momento dejó de gritar y llamarme. Dos días hace que llegué, y aquí me tienes sin un momento de descanso. Pero estoy fuerte, muy fuerte... Verás...».

Para demostrar su fuerza, cogió a Amparo por la cintura, antes que ella pudiera evitarlo, y la levantó como una pluma.

«¡Ay!»—gritó ella al verse más cerca del techo que del suelo.

El atleta, con airoso movimiento de sus fortísimos brazos, la sentó sobre su hombro derecho y dio algunos pasos por la habitación con tan preciosa carga.

«No chilles, no hagas ahora la melindrosa, pues no es la primera vez...».

«¡Que me caigo!...».