Tormento les miró a entrambos, revelando en sus ojos toda la irresolución, toda la timidez, toda la flaqueza de su alma, que no había venido al mundo para las dificultades.
«¡A la calle, a la calle!—le dijo Nones, tomando su enorme sombrero—. Aquí no hace usted falta maldita. Saldremos juntos; no tenga usted miedo».
Decía esto en el tono más natural del mundo, y volviéndose a Polo:
«Ten presente, badulaque, lo que va a entrar aquí esta noche. Mucho juicio, ¿estamos? Volveré dentro de media hora. ¡Y usted...!».
Al decir con tan bronca voz aquel y usted... encarándose con la medrosa, esta creyó que se le caía el cielo encima; rompió a llorar como una tonta.
«En fin, me callo—gruñó Nones, indicando a la joven que le siguiera—. Ya sé que hay arrepentimiento... ¡Y tú...!».
Al decir y tú... se encaró con Polo echándole miradas tan severas, que este retrocedió.
«En fin, tampoco digo nada ahora—añadió el clérigo con calma mascullando las sílabas—. De ti me encargo yo... Vamos».
Nones y Amparo iban delante, detrás Polo alumbrando, porque la escalera era como boca de lobo. La idea de que no la vería más puso al bárbaro a dos dedos de hacer o decir cualquier disparate. Pero tuvo energía para contenerse. La medrosa no volvió la cabeza ni una sola vez para ver lo que detrás dejaba. Al llegar al primer peldaño, Nones echó miradas recelosas a la empinada escalera. Viendo que la joven quería ir delante para sostenerle, le dijo:
«No, puede usted agarrarse a mi brazo si quiere... Yo no me asusto de nada».