«No hay tiempo que perder. Tengo que hablar contigo; pero como no puedo retrasar mi viaje, vas a hacer el favor de venirte conmigo a Burdeos. Oye bien lo que te digo. Procura estar dispuesta a las cuatro menos cuarto o a las cuatro en punto lo más tarde. A esa hora vendrá Felipe en mi coche o en otro. Él te llevará a la estación».
XL
A las cinco menos cuarto D. Francisco buscaba en el andén del Norte a su primo para darle un cariñoso adiós y media docena de abrazos muy apretados.
«Allí están, en aquel coche reservado—le dijo Felipe, a quien encontró con una cesta, una sombrerera y varias otras cosillas propias de viaje».
El están sorprendió un poco al insigne Thiers; pero Agustín no le dio tiempo a discurrir mucho sobre aquel extraño plural.
«Mira a quién me llevo conmigo»—le dijo, señalando al fondo del coche.
Desconcertado, Thiers masculló algunas palabras; pero luego se repuso, y como no acostumbraba hallar censurable nada de lo que su poderoso primo hacía, concluyó por sonreírse y mirar el asunto por el cristal de la indulgencia.
«¿Qué tal, hija, estás mejor? ¿Vas bien?... Cuida de abrigarte, porque aún no estás fuerte del todo. En el puerto hay mucha nieve. Por Dios, Agustín, que se abrigue bien. Y tú, ten cuidado, que tampoco estás bien de salud. Creo que os pondrán caloríferos... Amparito, que te tapes bien, hija».
—No hay cuidado. Hará el viaje con toda felicidad—dijo Caballero—, y el cambio de aires le sentará maravillosamente.
—También yo lo creo así. ¿Lleváis merienda? Si lo hubieras dicho se te podría haber preparado en casa una botella de buen caldo.