—Ya comprendo, sí... Pero no se te pide que hagas el pollo; lo que se te pide es...

Rosalía, que con grandísimo contento se metía en las honduras de este tema sabroso, por la autoridad y tino que en él sabía revelar, interrumpía con no menor disgusto a cada momento sus observaciones para atender a asuntos domésticos. No pasaban cinco minutos sin que entrase Prudencia con un recado tan enojoso como importante: «Señora, el mielero».

—Que hoy no tomo.

—Señora, el del arrope... Señora, el carbonero... Señora, el panadero. ¿Cuánto tomo?... Señora, haga el favor de sacar la sopa... Señora, el vinatero... Señora, un recado de las señoras de Pez preguntando si va usted al teatro esta noche... Señora, jabón... Señora, ¿voy por mineral?

Y la atormentada dama contestaba sin confundirse, y tenía que salir y entrar, y sacar cuartos, y dar órdenes, y pasar a la despensa, y dale y vuelve, y otra vez, y torna y vira... Pero no soltaba en medio del laberinto casero el hilo de su tema, y en un respiro siguió de este modo:

«Lo que se te pide es que seas amable, atento... y no eches a correr cuando entran visitas...».

—Basta, prima...—dijo Caballero, fatigado ya del sermón—. Hablemos de otra cosa. Aquí tienes las butacas para la función de esta noche en el Príncipe.

—¡Oh!, gracias... Eso sí, a obsequioso no te gana nadie. ¿Pero qué?... ¿has traído tres?... ¿vas tú?

—Yo no pienso... La tercera es para que vaya también...

—Hizo un gesto mostrando a Amparo, pues su timidez era tal que a veces no se atrevía a nombrar a las personas que tenía delante.