«Vaya, vaya».

Amparo, con su penetración natural, comprendió que Agustín tenía dentro algo más que aquel vaya vaya tan frío, tan incoloro y tan insulso, y se atrevió a estimularle así:

«¿Y usted, qué me aconseja?».

Antes de que el consabido freno pudiera funcionar, la espontaneidad, adelantándose a todo en el alma de Caballero, dictó esta respuesta:

«Yo digo que es un disparate que usted se haga monja. ¡Qué lástima! Es que no se lo consentiremos...».

Arrojado este atrevido concepto, Agustín sintió que el rubor ¡cosa extraña!, subía a su rostro caldeado y seco. Era como un árbol muerto que milagrosamente se llena de poderosa savia y echa luego en su más alta rama una flor momentánea. El corazón le latía con fuerza, y tras aquellas palabras vinieron estas:

«¡Hacerse monja! Eso es de países muertos. Mendigos, curas, empleados; ¡la pobreza instituida y reglamentada!... Pero no; usted está llamada a un destino mejor, usted tiene mucho mérito».

—¡D. Agustín!

—Sí, lo digo, lo vuelvo a decir... usted es pobre, pero de altas, de altísimas prendas.

—D. Agustín, que se remonta usted mucho,—murmuró ella hojeando el libro.