Ambos se reían con natural y expansivo gozo.

«Me parece, amigo Felipe, que exageras mucho».

—¿Qué está usted diciendo?... Si es más que millonario. Al Gobierno le ha prestado la mar de dinero, sí señora, al Gobierno. En Londres, en Burdeos y en América tiene... no se acierta a contar.

Centeno expresó con indescriptible gesto la imposibilidad en que estaba de apreciar por medio de la aritmética los fabulosos caudales de su amo.

Por grande que fuera el interés con que Amparo oía las maravillas contadas por Felipe, mayor era su curiosidad por examinar a solas el contenido de la carta y ver si aquel bendito hombre había escrito algo en ella. Abrasada de impaciencia, dijo al muchacho:

«Mira, Felipe, es tarde. ¿No te reñirá tu amo si te entretienes? Creo que debes retirarte».

—Las nueve menos cuarto—dijo el doctor sacando del bolsillo con cierta afectación, un bonito remontoir americano.

—Hola, hola, ¿tienes reloj? ¡Chico!...

—Y de plata. Me lo dio el amo el día de San Agustín... Tiene razón la señorita. Debo marcharme. D. José Ido me dijo que, al bajar, entrara en su cuarto para charlar un poquito; pero es tarde...

—Sí, más vale que te vayas a tu casa—indicó Amparo, temerosa de que Ido y su mujer, que eran muy chismosos, se enteraran del recado que Felipe había traído—. Pórtate bien con tu amo y no le des disgustos, entreteniéndote fuera de la casa. No encontrarás otro arrimo como ese. Debes traerlo en palmitas, debes ponerlo sobre tu corazón...