Las cosas que bullían en su cabeza, los disparates que pensaba, los proyectos que hacía, los desfallecimientos que sentía de pronto, pusiéronla en tal estado de sobrexcitación, que si no era la misma locura, poco le faltaba para llegar a ella. Añadíanse a tantos motivos de frenesí las maravillas contadas por Felipe aquella noche, que no parecían sino las Mil y una noches refundidas a estilo casero. En el rebullicio que tenía en su cabeza vio Amparo los grifos del baño, la cocina con tantas puertas y hornillos, los montones de ropa y de vajilla, las figuritas de porcelana y los pájaros de la caja de música. Ya se paseaba por la sala, dando aire y espacio a todo aquel efluvio de pensamientos vanos, ya se sentaba para mirar atentamente a la luz, ya iba de una parte a otra de la casa. La una sonó en el reloj de la Universidad y ella no pensaba en pedir reposo al sueño.

Refugio entró. Sorprendida de ver a su hermana levantada, tembló esperando una reprimenda por haber venido tan tarde. Tenía el rostro encendido y de sus ojos brotaban resplandores de fiebre o de alegría.

«¿Qué hay?»—preguntó Refugio, antes de quitarse la toquilla con que se abrigaba.

Tenía tan poco imperio el egoísmo en el alma de la mayor de las Emperadoras que hizo entonces, como otras muchas veces, una cosa de todo punto contraria a su conveniencia personal. ¡Era tan débil! Dejándose arrastrar de su índole generosa, mostró los billetes.

Refugió abrió los ojos, enseñó los dientes en un reír de loca, y dijo con toda su voz, que con el frío de la noche se había puesto algo ronca:

«¡Chica, chica!».

—¡Ah!, poco a poco—dijo Amparo guardándose el dinero en el seno con rápido movimiento—. Esto ha venido para mí. Que yo como buena hermana lo parta contigo, no quiere decir que tengas derecho...

—¿Pero quién?...

—Eso no te lo puedo decir... Lo sabrás más adelante... Pero te juro que es el dinero más honrado del mundo. Se pagarán todas las deudas. Y si te portas bien, si haces lo que te mande, si me prometes trabajar y no salir de noche, te daré algo... Acuéstate, estarás cansada.

Refugio, sin decir nada, entró en la alcoba. Desde la sala se la podía ver colgando su ropa en una percha.