«¡Cómo!... ¿qué es eso?... ¿ya?»—balbució angustiado.

—Me voy. Nada tengo ya que hacer aquí. Hago falta en mi casa.

—¡En tu casa! ¿Y cuál es tu casa?—murmuró severamente, no atreviéndose a decir: «tu casa es esta».

—¡Por Dios!... Esa no es la mejor manera de agradecerme el haber venido.

—Siéntate,—ordenó el misántropo imperiosamente, hablando conforme a su carácter.

—Me voy.

—¿Que te vas? Es temprano. La una y media. Si insistes, saldré contigo, ¡ea!.. ¿Vas para arriba?, yo detrás. ¿Vas para abajo?, detrás yo... No te dejaré a sol ni sombra.

Tormento, asustadísima, no tuvo fuerzas para protestar de aquella persecución. El peso que sentía sobre su alma debía de ser bastante grande para gravitar también sobre su cuerpo, porque se desplomó sobre la silla con los brazos flojos, la cabeza aturdida.

«No creas que vas a hacer lo que se te antoje—manifestó Polo entre festivo y brutal—. Aquí mando yo».

—Hay personas con quienes no valen los propósitos buenos...—replicó ella tratando de mostrar carácter—. Yo recibí una carta que decía: «moribundo» y vine... Yo quería consolar a un pobre enfermo, y lo que he hecho es resucitar a un muerto que me persigue ahora y quiero enterrarme con él... Por débil me pasó lo que me pasó. Esto de la debilidad no se cura nunca. Hoy mismo, al querer venir, una voz me decía aquí dentro: «no vayas, no vayas». Dichosos los que han nacido crueles, porque ellos sabrán salir de todos los malos trances... Dios castiga a las personas cuando son malas, y también cuando son tontas, y a mí me castiga por las dos cosas, sí, por mala, y por necia... ¡Cuántos delitos hay que, bien mirados, son una tontería tras otra! Haber venido aquí ¿qué es?... Sospecho que Dios me ha de castigar mucho más todavía. Yo vivo en medio de la mayor congoja. Mi vida es una zozobra, un susto, un temblor continuo, y cuando veo una mosca me parece que la mosca viene a mí y me dice...