Estaba la Bringas en tal facha aquella mañana, que se la hubiera tomado por una patrona de huéspedes de las más humildes. ¡Qué fatiga la suya y qué andrajos llevaba sobre sí! La criada estaba en la compra, y la señora, después de dar muchas vueltas por la cocina, arreglaba a los niños para mandarlos al colegio.
«Hola, Agustín... ¿por aquí tan temprano?—dijo a su primo, cuando este entró en el comedor—. Anoche, en casa de Tellería, alguien, no recuerdo quién, habló de ti... Dijeron que te ibas despabilando, y que eres de los que las matan callando... Si tendrás tú algún trapicheo por ahí. Todavía, todavía hemos de buscarte una novia, y el mejor día te casamos».
Diciéndolo, Rosalía miraba con tristeza a su niña, mientras le ataba el delantalito y le ponía el sombrero. Hubiera querido la ambiciosa mamá que, por la sola virtud de sus amantes miradas, diera Isabelita milagroso estirón y llegara a casadera antes que Agustín se pusiese viejo.
«Mira tú, primo—díjole en una variante del mismo pensamiento—; no es por adularte; pero cada día parece que estás más joven y mejor parecido... Así, aunque esperaras cinco o seis años más, no perderías nada».
—No, Rosalía. Si me caso ha de ser el año que viene.
—¿De veras?
—Digo que podrá ser. No lo aseguro.
Bringas llamó a su primo para hacerle leer un suelto del periódico que acababa de llegar.
«Mal, muy mal va esto—observó con tristeza D. Francisco, empeñado en la faena de dar lustre a sus botas—. Otra vez partidas en el alto Aragón... Esa pobre señora...».
Amparo entró; entraron el carbonero, el panadero, la criada, el alcarreño de las castañas y nueces; y la estrecha morada, con el tráfago matutino, convidaba a huir de ella. D. Francisco, cuando dejó sus botas como espejos, echándoles el vaho y frotándolas después, se las puso.