La Pipaón de la Barca se quedó como quien ve visiones al oír tan terroríficas palabras.
«Pégale, hija, pégale, sí—dijo a la niña—. Tírale de esas barbas. Es muy malo, muy malo».
Isabelita, lejos de hacer lo que su madre le mandaba, mirábale dudosa y como suspensa. Tenía de él concepto elevadísimo; considerábale como un ser a todos superior, y la acusación de maldad lanzada por su mamá poníala en gran confusión. Enlazaba con sus brazos el cuello de Agustín y le decía secretos al oído.
«Tu hija no te hace caso—observó Caballero riendo—. Dice que me quiere mucho y que no soy malo».
—Hija, no sobes... Vete con tu hermano, que está jugando con Felipe... Con que a ver, hombre, explícate. Tú no vas a ninguna parte, no se te conocen relaciones... ¿A dónde demonios has ido a buscar esa mujer? ¿La has encargado a una fábrica de muñecas? ¿Vas a traer aquí una salvaje de América, con los brazos pintados y con una argolla en la nariz? Porque tú eres capaz de cualquier extravagancia.
Diciendo esto, por la mente de la dama pasó una sospecha, una idea que la espeluznaba como presentimiento de muerte y tragedias. Aquel resplandor lívido pasó pronto, cual relámpago, dejando la susodicha mente Pipaónica en la oscuridad de las anteriores dudas.
«Hija, no sobes...».
—Dice Isabel que no quiere ir a jugar con Felipe; que prefiere jugar conmigo.
—¿Con que te descubres o no, mascarita? No sé a qué vienen esos tapujos...
—Pronto te lo diré.