«¡Ay!, he sido muy desgraciada».
—Pero ahora serás feliz. Cuéntame algo.
Recordó entonces ella algunas de las palabras que había pensado, y con espontaneidad suma, cual si cediera a incontrastable fuerza, se dejó decir:
«Antes de pasar adelante...».
—¿Qué?
—Digo que... nada... Es que me acordaba de cuando murió mi pobre padre...
—¿Es este su retrato?—preguntó Caballero levantándose para mirarle de cerca.
Entre tanto, Amparo decía: «Primero me degüellan. Yo me muero, pero callo».
La tarde avanzaba. Dos horas estuvo allí Agustín, y al despedirse no se permitió más rapto de amor que besar la mano de su novia. Era hombre a quien las rudezas de un áspero combate vital dieron dominio grande sobre sí mismo. Pero aun con el poder que tenía, no eran innecesarios de vez en cuando algunos esfuerzos para sostener el austero papel de persona intachablemente legal, rueda perfecta, limpia y corriente en el triple mecanismo del Estado, la Religión y la Familia. Aquel propietario que se había enojado con Mompous porque este quiso ponerle, en el reparto de contribuciones, un poco menos de lo que le correspondía; aquel hombre que, por no desentonar en el concierto religioso de su época, había dado algún dinero para el Papa, no podía en manera alguna ir a la posesión de su amoroso bien por caminos que no fueran derechos. «Todo con orden, decía; o no viviré o viviré con los principios».