Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes, tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión aceptable, siempre dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en cuanto á moral, si Morentín defendía en público y en privado las buenas costumbres, no por eso se hallaba libre de la relajación mansa que apenas sienten los mismos que en ella viven.

Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado, y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria. Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en la línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia, y todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba el drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo mismo que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban, ó que blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de salir y pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para que nada le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin catástrofe se le había satisfecho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni qué pedir á Dios... ó á quien se pidan estas cosas.

VIII

—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?

—No, hombre, estamos solos.

—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...

—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.

—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... Y esta mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me manifestaron en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba loco, no, ni lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los condenados por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que los diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...

—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?

—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero mira, Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una lealtad á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que te pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la desconoce.