—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura, mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.
—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto. La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza, insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano, indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.
—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y empezando á reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi cabeza la disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.
—¿Por qué te ríes?
—Toma, porque estoy contento.
—¿Contento tú?
—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me entran ganas de reir, porque no me divierto con las mil farsas que inventáis para distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete; Rafael, ponte de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el alma y se me sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?
—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.
—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me gustaría verte reir conmigo.
—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo que has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?