—Mira, Crucita—le dijo, arrancándose á tutearla con grotesca confianza,—si no quiere venir el caballerete andante de tu hermano, que no venga. Yo no le suplico que venga, ni haré nada por traerle, ¡cuidado!, que mi suposición no es menos que la suya. Yo soy noble: mi abuelo castraba cerdos, que es, digan lo que quieran, una profesión muy bien vista en los... pueblos cultos. Mi tataratío el inquisidor tostaba herejes, y tenía un bodegón para vender chuletas de carne de personas. Mi abuela, una tal doña Coscojilla, echaba las cartas y adivinaba todos los secretos. La nombraron bruja universal... Conque ya ves...

Ya era imposible resistirle más. Donoso le cogió por un brazo, y llevándole al cuarto más próximo, le tendió á la fuerza. Poco después, los ronquidos del descendiente del inquisidor atronaban la casa.

—¡Demonio de hombre!—decía Cruz á don José, sentados ambos junto al lecho de Fidela, que en profundo letargo febril yacía.—Insoportable está hoy.

—Como no tiene costumbre de beber, le ha hecho daño el Champagne. Lo mismo me pasó á mí el día de mi boda. Y ahora usted, amiga mía, procediendo hábilmente, con la táctica que sabe usar, hará de él lo que quiera...

—¡Dios mío, qué casa! Tengo que volverlo todo del revés... Y dígame, D. José: ¿No le ha indicado usted ya que es indispensable poner coche?

—Se lo he dicho... Á su tiempo vendrá esa reforma, para la cual está todavía un poco rebelde. Todo se andará. No olvide usted que hay que ir por grados.

—Sí, sí. Lo más urgente es adecentar este caserón, en el cual hay mucho bueno, que hoy no luce entre tanto desarreglo y suciedad. Esos criados que nos ha traído de la calle de San Blas no pueden seguir aquí. Y en cuanto á sus planes de economía... Económica soy; la desgracia me ha enseñado á vivir con poco, con nada. Pero no se han de ver en la casa del rico escaseces indecorosas. Por el decoro del mismo don Francisco, pienso declarar la guerra á esa tacañería que tiene pegada al alma como una roña, como una lepra, de la cual personas como nosotras no podemos contaminarnos.

Rebulló Fidela, y todos se informaron con vivo interés de su estado. Sentía quebranto de huesos, cefalalgia, incomodidad vivísima en la garganta. Quevedito diagnosticó una angina catarral sin importancia: cuestión de unos días de cama, abrigo, dieta, sudoríficos, y una ligera medicación antifebrífuga. Tranquilizóse Cruz; pero no teniéndolas todas consigo, determinó no separarse de su hermana, y despachó á Donoso á Cuatro Caminos para que viese á Rafael y le informase de aquel inesperado accidente.

—¡Si de esta desazón—dijo Cruz, que todo lo aprovechaba para sus altos fines—resultará un bien! ¡Si conseguiremos atraer á Rafael con el señuelo de la enfermedad de su querida hermana!... ¡D. José de mi alma, cuando usted le hable de esto, exagere un poquito!...

—Y un muchito, si por tal medio conseguimos ver á toda la familia reunida.