—Señor—le dijo la fámula de doña Lupe, dándole tan tremendo palmetazo en el omoplato, que el hombre creyó que se le caía encima el balcón del piso segundo;—señor, venga, venga acá... Otra vez el accidente. De ésta me parece que se nos va.
Corrió á la alcoba D. Francisco, y en efecto, á doña Lupe le había dado la pataleta. Entre el amigo y la criada no la podían sujetar; trincaba la buena señora los dientes; en sus labios hervía una salivilla espumosa, y sus ojos se habían vuelto para dentro, como si quisieran cerciorarse por sí mismos de que ya las ideas volaban dispersas por esos mundos. No se sabe el tiempo que duraron aquellas fieras convulsiones. Pareciéronle á D. Francisco interminables, y que se acababa el día de San Isidro y le seguía una larguísima noche sin que doña Lupe entrase en caja. Mas no habían sonado las nueve cuando la buena señora se serenó, quedándose como lela. Diéronle de un brebaje, cuya composición farmacológica no consta en autos, como tampoco el nombre de la enfermedad; se mandó recado al médico, y hallándose la enferma en completa quietud de miembros, precursora de la del sepulcro, con toda la vida que le restaba asomándose á los ojos, otra vez vivos y habladores, comprendió Torquemada que su amiga quería hablarle y no podía. Ligera contracción de los músculos de la cara indicaba el esfuerzo para romper el lúgubre silencio. La lengua al fin, pellizcada por la voluntad, se despegó, y allá fueron algunas frases, que sólo D. Francisco, con su sutil oído y su conocimiento de cuanto pudiera pensar y decir la de los Pavos, podía entender.
—Sosiéguese ahora...—le dijo.—Tiempo tenemos de hablar todo lo que nos dé la gana sobre esa incumbencia.
—Prométame hacer lo que le dije, D. Francisco—murmuró la enferma alargando una mano como si quisiera tomar juramento.—Hágalo por Dios...
—Pero, señora... ¿Usted sabe...? ¿Cómo quiere que...?
—¿Y cree usted que yo, su amiga leal—dijo la viuda de Jáuregui, recobrando como por milagro toda su facilidad de palabra,—puedo engañarle? En ningún caso le aconsejaría cosa contraria á sus intereses; menos ahora, cuando veo las puertas de la eternidad abiertas de par en par delante de mí..., cuando siento dentro de mi pobre alma la verdad, sí, la verdad, Sr. D. Francisco, pues desde que recibí al Señor... Si no me falla la memoria, ha sido ayer por la mañana.
—No, señora; ha sido hoy, á las diez en punto—replicó él, satisfecho de rectificar un error cronológico.
—Pues mejor: ¿había yo de engañarle... con el Señor acabadito de tomar? Oiga la santa palabra de su amiga, que ya le habla desde el otro mundo, desde la región de..., de la...
Tentativa frustrada de dar un giro poético á la frase.
—Y añadiré que lo que le predico le vendrá de perillas para el cuerpo y para el alma; como que resultará un buen negocio, y una obra de misericordia en toda la extensión de la palabra... ¿No lo cree?...