Pues, señor, ahí va D. Francisco hacia la casa del señor aquél, que, á juzgar por los términos aflictivos de la carta, debía de estar á punto de caer, con toda su elegancia y sus tés, en los tribunales, y de exponer á la burla y á la deshonra un nombre respetable. Por el camino sintió el tacaño que le tiraban de la capa. Volvióse ... ¿y quién creéis que era? Pues una mujer que parecía la Magdalena por su cara dolorida y por su hermoso pelo, mal encubierto con pañuelo de cuadros rojos y azules. El palmito era de la mejor ley; pero muy ajado ya por fatigosas campañas. Bien se conocía en ella á la mujer que sabe vestirse, aunque iba en aquella ocasión hecha un pingo, casi indecente, con falda remendada, mantón de ala de mosca y unas botas.... ¡Dios, qué botas, y cómo desfiguraban aquel pie tan bonito.
—¡Isidora!...—exclamó D. Francisco, poniendo cara de regocijo, cosa en él muy desusada.— ¿A dónde va usted con ese ajetreado cuerpo?
—Iba a su casa. Sr. D. Francisco, tenga compasión de nosotros ... ¿Por qué es usted tan tirano y tan de piedra? ¿No ve cómo estamos? ¿No tiene tan siquiera un poquito de humanidad?
—Hija de mi alma, usted me juzga mal ... ¿Y si yo le dijera ahora que iba pensando en usted ... que me acordaba del recado que me mandó ayer por el hijo de la portera ... y de lo que usted misma me dijo anteayer en la calle?
—¡Vaya, que no hacerse cargo de nuestra situación!—dijo la mujer echándose á llorar.—Martín muriéndose ... el pobrecito ... en aquel buhardillón helado.... Ni cama, ni medicinas, ni con qué poner un triste puchero para darle una taza de caldo.... ¡Qué dolor! Don Francisco, tenga cristiandad y no nos abandone. Cierto que no tenemos crédito; pero á Martín le quedan media docena de estudios muy bonitos.... Verá usted ... el de la sierra de Guadarrama, precioso ... el de La Granja, con aquellos arbolitos ... también, y el de ... qué sé yo qué. Todos muy bonitos: Se los llevaré... pero no sea malo y compadézcase del pobre artista....
—Eh ... eh ... no llore, mujer.... Mire que yo estoy montado á pelo ... tengo una aflicción tal dentro de mi alma, Isidora, que ... si sigue usted llorando, también yo soltaré el trapo. Vayase á su casa, y espéreme allí. Iré dentro de un ratito.... ¿Qué ... duda de mi palabra?
—¿Pero de veras que va? No me engañe, por la Virgen Santísima.
—¿Pero la he engañado yo alguna vez? Otra queja podrá tener de mí; pero lo que es esa....
—¿Le espero de verdad?... ¡Qué bueno será usted si va y nos socorre!... ¡Martín se pondrá más contento cuando se lo diga!
—Vayase tranquila.... Aguárdeme, y mientras llego pídale á Dios por mí con todo el fervor que pueda.