—Sí, vengan todos los cariños que queráis—dijo el tacaño, dejándose abrazar por ambos.—Pero no me alaben mucho, porque estas acciones son deber de toda persona que mire por la Humanidad, y no tienen gran mérito.... Abrécenme otra vez, como si fuera vuestro padre, y compadézcanme, que yo también lo necesito.... En fe que se me saltan las lágrimas si me descuido porque soy tan compasivo ... tan....

D. Francisco de mis entretelas—declaró el tísico arropándose bien otra vez con aquellos andrajos,—es usted la persona más cristiana, más completa y más humanitaria que hay bajo el sol. Isidora, trae el tintero, la pluma y el papel sellado que compraste ayer, que voy á hacer un pagaré.»

La otra le llevó lo pedido; y mientras el desgraciado joven escribía, Torquemada, meditabundo y con la frente apoyada en un solo dedo, fijaba en el suelo su mirar reflexivo. Al coger el documento que Isidora le presentaba, miró á sus deudores con expresión paternal, y echó el registro afeminado y dulzón de su voz para decirles: «Hijos de mi alma, no me conocéis, repito que no me conocéis. Pensáis sin duda que voy à guardarme este pagaré.... Sois unos bobalicones. Cuando yo hago una obra de caridad, allá te va de veras, con el alma y con la vida. No os presto los tres mil reales, os los regalo, por vuestra linda cara. Mirad lo que hago: ras, ras....»

Rompió el papel. Isidora y Martín lo creyeron porque lo estaban viendo; que si no, no lo hubieran creído.

«Eso se llama hombre cabal.... D. Francisco, muchísimas gracias—dijo Isidora conmovida. Y el otro, tapándose la boca con las sábanas para contener el acceso de tos que se iniciaba:

—¡María Santísima, qué hombre tan bueno!

Lo único que haré—dijo D. Francisco levantándose y examinando de cerca los cuadros,—es aceptar un par de estudios, como recuerdo.... Este de las montañas nevadas y aquél de los burros pastando.... Mire usted, Martín, también me llevaré, si le parece, aquella marinita y este puente con hiedra....»

A Martín le había entrado el acceso y se asfixiaba. Isidora, acudiendo á auxiliarle, dirigió una mirada furtiva á las tablas y al escrutinio y elección que de ellas hacía el aprovechado prestamista.

«Los acepto como recuerdo—dijo éste apartándolos;—y si les parece bien, también me llevaré este otro.... Una cosa tengo que advertirles: si temen que con las mudanzas se estropeen estas pinturas, llévenmelas á casa, que allí las guardaré y pueden recogerlas el día que quieran.... Vaya? ¿va pasando esa condenada tos? La semana que entra ya no toserá usted nada, pero nada. Irá usted al campo ... allá por el puente de San Isidro.... Pero ¡que cabeza la mía...! se me olvidaba lo principal, que es darles los tres mil reales.

Venga acá, Isidorita, entérese bien ... Un billete de cien pesetas, otro, otro ... (Los iba contando mojaba los dedos con saliva á cada billete, para que no se pegaran.) Setecientas pesetas ... tengo billete de cincuenta, hija. Otro día lo da.