—Sí, mujer; ¡qué preguntas haces! Voy á decirte una cosa importante. Verás.»

Abrió un vargueño, en cuyos cajoncillos guardaba papeles y alhajas de gran valor que habían ido á sus manos en garantía de préstamos usurarios: algunas no eran todavía suyas; otras, sí. Un rato estuvo abriendo estuches, y á la tía Roma, que jamás había visto cosa semejante, se le encandilaban los ojos de pez con los resplandores que de las cajas salían. Eran, según ella, esmeraldas como nueces, diamantes que arrojaban pálidos rayos, rubíes como pepitas de granada, y oro finísimo, oro de la mejor ley, que valía cientos de miles.... Torquemada, después de abrir y cerrar estuches, encontró lo que buscaba: una perla enorme, del tamaño de una avellana, de hermosísimo oriente; y cogiéndola entre los dedos, la mostró á la vieja.

«¿Qué te parece esta perla, tía Roma?»

—Bonita de veras. Yo no lo entiendo. Valdrá miles de millones. ¿Verdá usté?

—Pues esta perla—dijo Torquemada en tono triunfal,—es para la señora Virgen del Carmen. Para ella es, si pone bueno á mi hijo. Te la enseño, y pongo en tu conocimiento la intención, para que se lo digas. Si se lo digo yo, de seguro no me lo cree.

—D. Francisco (mirándole con profunda lástima), usted está malo de la jícara. Dígame, por su vida, ¿para qué quiere ese requilorio la Virgen del Carmen?

—Toma, para que se lo pongan el día de su santo, el 16 de Julio. ¡Pues no estará poco maja con esto! Fué regalo de boda de la excelentísima señora Marquesa de Tellería. Créelo, como ésta hay pocas.

—Pero, D. Francisco, ¡usted piensa que la Virgen le va á conceder...! paice bobo ... ¡por ese piazo de cualquier cosa!

—Mira qué oriente. Se puede hacer un alfiler y ponérselo a ella en el pecho, o al Niño.

—¡Un rayo! ¡Valiente caso hace la Virgen de perlas y pindonguerías!... Créame á mí: véndala y dele á los pobres el dinero.