—Pues yo continuaría desarrollando la acción del modo siguiente—prosiguió ella.—Veamos: el joven tomó el pajarillo con sus delicados dedos y dándole algunas miguitas de pan, le alimentó varios días, consiguiendo domesticarle á fuerza de paciencia. Verá usted qué raro: le tenía suelto en el cuarto sin que intentara evadirse. Un día le ató un hilito en la pata y le echó á volar; el pájaro fué á posarse al balcón en donde estaba la dama, que le acarició mucho y le obsequió con migajitas de bizcocho mojadas en leche. Volvió después á la buhardilla; el joven le puso un billete atado al cuello, y el ave se lo llevó á la dama. Así se estableció una rápida, apasionada y volátil correspondencia, que duró tres meses. Aquí copiaría yo la correspondencia, que ocuparía medio libro, de lo más delicado y elegante. Él empezaba diciendo: «Ignorada señora: Los alados caracteres que le envío á usted, le dirán, etc ...» Y ella contestaría: «Desconocido caballero: Con rubor y sobresalto he leído su epístola y mentiría si no le asegurara que desde luego he creído encontrar un leal amigo, un amigo nada más ...» Por esto de los amigos nada más se empieza. Así se prepara al lector á los grandes aspavientos amorosos que han de venir después.

—¡Qué ternura, qué suavidad, qué delicadeza!—dijo el Duque en el colmo de la admiración!

—Acepto el pensamiento—manifesté, anotando todo aquel discreto artificio para encajarlo después en mi obra como mejor me conviniese.

Después que la poetisa hubo mostrado en todo su esplendor, adornándole con las galanuras del estilo, su incomparable ingenio; después que me dejó corrido y vergonzoso por la diferencia que resultaba entre su inventiva maravillosa y el seco, estéril y encanijado parto de mi caletre, ¿cómo había de atreverme á continuar leyendo? Ni á dos tirones me harían despegar los labios; y allí mismo hubiera roto el manuscrito, si el Duque, que era la misma benevolencia, no me obligase á proseguir, con ruegos y cortesanías, que vencieron mi modestia y trocaron en valor mis fundados temores. Busqué, pues, en mi manuscrito el punto donde había quedado, y leí lo siguiente:

«El joven Alejo era pobre, muy pobre. (Bien—dijo la poetisa.) Sus padres habían muerto hacía algunos años, y sólo con lo que le pasaba una tía suya, residente en Alicante, vivía, si vivir era aquello. La mala sopa y el peor cocido con que Doña Antonia de Trastamara y Peransúrez le alimentaba eran tales, que no bastarían para mantener en pie á un cartujo. Y aún así, Doña Antonia de Trastamara y Peransúrez, tan noble de apellido como fea de catadura, solía quejarse de que el huésped no pagaba; horrible acusación que hiela la sangre en las venas, pero que es cierta. (La poetisa articuló una censura que me resonó en el corazón como un eco siniestro.) Así es que con los doscientos reales que de Alicante venían, el pobre no tenía más que para palillos que era, en verdad, la cosa que menos necesitara. Luego las deudas se lo comían, y no podía echarse á la calle sin ver salir de cada adoquín un acreedor. Como era miope, las monedas falsas parece que le buscaban. ¡Singular atracción del bolsillo raras veces ocupado! En cuanto á distracciones, no tenía, aparte la dama citada, sino las murgas que en bandadas venían todas las noches, por entretener á la gente colgada de los balcones.

—¡Ay! ¡ay!—observó la poetisa;—eso de las murgas es deplorable. Ya ha vuelto usted á caer en la sentina.»

Al oir esto, otro de los personajes que me escuchaban rompió por primera vez su silencio, y con atronadora voz, dando en la mesa un puñetazo que nos asustó á todos, dijo:

«No está sino muy bien, magnífico, sorprendente. Pues qué, ¿todo ha de ser lloriqueos, blanduras, dengues, melosidades y tonterías? ¿Se escribe para doncellas de labor y viejas verdes, ó para hombres formales y gentes de sentido común?»

Quien así hablaba era la tercera eminencia que componía el jurado, y me parece llegada la ocasión de describirlo.

III