La Princesa se mostraba muy complacida.
«¿Qué tienes, amor mío?—preguntó á Pacorrito viendo su expresión de desconsuelo.
—Me aburro soberanamente, chica—dijo el galán, adquiriendo confianza.
—Ya te irás acostumbrando. ¡Oh deliciosos instantes! Si durárais mucho, no podríamos vivir.
—¡A esto llama delicioso tu Alteza!—exclamó Migajas.—¡Dios mío, qué frialdad, qué dureza, qué vacío, qué rigidez!
—Tienes aún los resabios humanos, y el vicio de los estragados sentidos del hombre. Pacorrito, modera tus arrebatos ó trastornarás con tu mal ejemplo á todo el muñequismo viviente.
—¡Vida, vida, sangre, calor, pellejo!—gritó Migajas con desesperación, agitándose como un insensato.—¿Qué es esto que pasa en mí?»
La Princesa le estrechó en sus brazos, y besándole con sus rojos labios de cera, exclamó:
«Eres mío, mío por los siglos de los siglos.»
En aquel instante oyóse gran bulla y muchas voces que decían: «¡La hora, la hora!»