«Dios mío, es un tesoro lo que valgo. Esto al menos le consuela á uno.»
Y la gente se detenía por la parte de afuera del cristal, para ver la graciosa escultura de barro amarillo representando un vendedor de periódicos y cerillas. Todos alababan la destreza del artista, todos se reían observando la chusca fisonomía y la chavacana figura del gran Migajas, mientras éste, en lo íntimo de su insensible barro, no cesaba de exclamar con angustia:
«Muñeco, muñeco, por los siglos de los siglos!»
Enero de 1879.