Eriarboló el garrote, símbolo de su autoridad y de su mal genio, y en el corrillo que se había formado sólo se veían bocas abiertas y miradas de estupefacción.
«Pues á tí y á todas les digo que no me importa un rábano que no me paguéis hoy. ¡Vaya! ¿Cómo lo he de decir para que lo entiendan?... ¡Con que estando tu marido sin trabajar te iba yo á poner el dogal al cuello?... Yo sé que me pagarás cuando puedas, verdad? Porque lo que es intención de pagar, tú la tienes. Pues entonces, ¿á qué tanto enfurruñarse?... ¡Tontas, malas cabezas! (esforzándose en producir una sonrisa); ¡vosotras creyéndome á mí más duro que las peñas, y yo dejándooslo creer, porque me convenía, porque me convenía, claro, pues Dios manda que no echemos facha con nuestra humanidad...! Vaya, que sois todas unos grandísimos peines.... Abur, tú, no te sofoques. Y no creas que hago esto para que me eches bendiciones. Pero conste que no te ahogo; y para que veas lo bueno que soy....»
Se detuvo y meditó un momento, llevándose la mano al bolsillo y mirando al suelo.
«Nada, nada.... Quédate con Dios.»
Y á otra. Cobró en las tres puertas siguientes sin ninguna dificultad. «D. Francisco, que me ponga usted piedra nueva en la ornilla, que aquí no se puede guisar....» En otras circunstancias, esta reclamación habría sido el principio de una chillería tremenda, verbigracia: «Pon el traspontín en la hornilla, sinvergüenza, y arma el fuego encima.»—«Miren el tío manguitillas, así se le vuelvan veneno los cuartos.» Pero aquel día todo era paz y concordia, y Torquemada concedía cuanto le demandaban.
«¡Ay, D. Francisco!—le dijo otra en el número 11,—tenga los jeringados cincuenta reales. Para poderlos juntar, no hemos comido más que dos cuartos de gallineja y otros dos de hígado con pan seco.... Pero por no verle el carácter de esa cara y no oirle, me mantendría yo con puntas de París.
—Pues mira, eso es un insulto, una injusticia, porque si las he sofocado otras veces no ha sido por el materialismo del dinero, sino porque me gusta ver cumplir á la gente ... para que no se diga.... Debe haber dignidad en todos. ¡A fe que tienes buena idea de mi!... ¿Iba yo á consentir que tus hijos, estos borregos de Dios, tuviesen hambre?... Deja, déjate el dinero.... O mejor, para que no lo tomes á desaire: partámoslo y quédate con veinticinco reales.... Ya me los darás otro día.... ¡Bribonazas, cuando debíais confesar que soy para vosotras como un padre, me tachais de inhumano y de qué sé yo qué! No, yo les aseguro á todas que respeto á la humanidad, que la considero, que la estimo, que ahora y siempre haré todo el bien que pueda y un poquito más.... ¡Hala!»
Asombro, confusión. Tras de él iba el parlero grupo, chismorreando asi: «A este condenado le ha pasado algún desavío.... D. Francisco no está bueno de la cafetera. Mirad qué cara de patíbulo se ha traído. ¡D. Francisco con humanidad! Ahí tenéis por qué esta saliendo todas las noches en el cielo esa estrella con rabo. Es que el mundo se va á acabar.»
En el número 16:
«Pero hija de mi alma, so tunanta, ¿tenías á tu niña mala y no me habías dicho nada? ¿Pues para qué estoy yo en el mundo? Francamente, eso es un agravio que no te perdono, no te lo perdono. Eres una indecente; y en prueba de que no tienes ni pizca de sentido, ¿apostamos á que no adivinas lo que voy á hacer? ¿Cuánto va á que no lo adivinas?... Pues voy á darte para que pongas un puchero.... ¡ea! Toma, y di ahora que yo no tengo humanidad. Pero sois tan mal agradecidas, que me pondréis como chupa de dómine, y hasta puede que me echéis alguna maldición. Abur.»