—Exterior y Cubas... mi alma... la puerta.

Les miró. Pero sin duda no les conocía. Volviéndose hacia la monja, le dijo: ¿Abre usted, ó no abre? Quiero entrar...

Gamborena suspiraba. Su intranquilidad subió de punto, observando en la mirada del moribundo la expresión irónica que en él era común cuando hablaba de cosas de ultratumba. Díjole el misionero palabras muy sentidas; pero él no pareció comprenderlas. Sus ojos, que allá en lo profundo de las cuencas amoratadas apenas brillaban ya, no se fijaban en objeto alguno, y se movían inciertos, buscando... Dios sabe qué. Gamborena vió en ellos la desconfianza, que casi era la base de aquella personalidad próxima á extinguirse.

Por el otro lado, la monjita le decía con ferviente anhelo que invocase á Jesús, y mostrándole un crucifijo de bronce, lo aplicó á sus labios para que lo besara. No se pudo asegurar que lo hiciera, porque el movimiento de los labios fué imperceptible. Cuando le administraron la Extremaunción, no se dió cuenta de ello el enfermo. Poco después tuvo otro momento de relativa lucidez, y á las exhortaciones de la monjita, respondió, quizás de un modo inconsciente:

—Jesús, Jesús, y yo... buenos amigos... Quiero salvarme.

Cobró esperanzas Gamborena, y lo que lograr no podía dirigiéndose á un alma casi desligada ya del cuerpo, intentábalo invocando fervorosamente al Divino Juez que pronto había de juzgarla. Estrechó la mano del moribundo; creyó sentir ligera presión de los dedos glaciales. Á lo que el misionero le decía aproximando mucho su rostro, respondía Torquemada con estremecimientos de la mano, que bien podían ser un lenguaje. Algunas expresiones, mugidos, ó simples fenómenos acústicos del aliento resbalando entre los labios, ó del aire en la laringe, los tradujo Gamborena con vario criterio. Unas veces confiado y optimista, traducía: «Jesús..., salvación... perdón...» Otras, pesimista y desesperanzado, tradujo: «La llave... venga la llave... Exterior... mi capa... tres por ciento.»

Dos horas, ó poco más, se prolongó esta situación tristísima. Á la madrugada, seguros ya los dos religiosos de que se acercaba el fin, redoblaron su celo de agonizantes, y cuando la monjita le exhortaba con gran vehemencia á repetir los nombres de Jesús y María, y á besar el santo crucifijo, el pobre tacaño se despidió de este mundo, diciendo con voz muy perceptible:

—Conversión.

Algunos minutos después de decirlo, volvió aquella alma su rostro hacia la eternidad.

—¡Ha dicho conversión!—observó la monjita con alegría, cruzando las manos.—Ha querido decir que se convierte, que...