—Mira tú, si Fidela almuerza en su cuarto, yo la acompañaré. La sociedad de tanto sabio no es de mi gusto.

—Yo pensaba que bajase hoy Fidela; pero si tú quieres, arriba se os servirá á las dos. Yo voy perdiendo. Estaré sola entre los convidados y mi salvaje D. Francisco; necesitaré Dios y ayuda para atender á la conversación que salte, y atenuar las gansadas de mi cuñadito. Es atroz, y desde que estamos reñidos, suele arrojar la máscara de la finura, y dejando al descubierto su grosería, me pone á veces en gran compromiso.

—Arréglate como puedas, que yo me voy arriba. Adiós. Que te diviertas.

Subió tan campante, alegre y ágil como una chiquilla, y en la primera estancia del piso alto se encontró á Valentinico arrastrándose á cuatro patas sobre la alfombra. La niñera, que era una mocetona serrana, guapa y limpia, le sostenía con andadores de bridas, tirando de él cuando se esparranclaba demasiado, y guiándole si seguía una dirección inconveniente. Berreaba el chico, movía sus cuatro remos con animal deleite, echando babas de su boca, y queriendo abrazarse al suelo y hociquear en él.

—Bruto—le dijo Augusta con desabrimiento,—ponte en dos pies.

—Si no quiere, señorita—indicó tímidamente la niñera.—Hoy está incapaz. En cuanto le aúpo, se encalabrina, y no hay quien lo aguante.

Valentín clavó en Augusta sus ojuelos, sin abandonar la posición de tortuga.

—¿No te da vergüenza de andar á cuatro patas como los animales?—le dijo la de Orozco, inclinándose para cogerle en brazos.

¡María Santísima! Al solo intento de levantarle del suelo en que se arrastraba, púsose el nene fuera de sí, dando patadas con pies y manos, que por un instante las manos más bien patas parecían, y atronó con sus chillidos la estancia, echando hacia atrás la cabeza, y apretando los dientes.

—Quédate, quédate ahí en el santo suelo—le dijo Augusta,—hecho un sapo. ¡Vaya, que estás bonito! Sí, llora, llora, grandísimo mamarracho para que te pongas más feo de lo que eres...