—Hola, querida, ¿qué tal?—dijo Augusta entrando en el cuarto de Fidela, y corriendo á besarla.—Allí me he encontrado á tu hijito hecho un puerco-espín. ¡El pobre!... ¡qué pena da verle tan bruto!

Y como notara en el rostro de su amiga que la nube de tristeza se condensaba, acudió prontamente á despejarle las ideas con palabras consoladoras:

—¿Pero, tonta, quién te dice que tu hijo no pueda cambiar el mejor día? Es más: yo creo que luego se despertará en él la inteligencia, quizás una inteligencia superior... Hay casos, muchísimos casos.

Fidela expresaba con movimientos de cabeza su arraigado pesimismo en aquella materia.

—Pues haces mal, muy mal en desconfiar así. Créelo porque yo te lo digo. La precocidad en las criaturas es un bien engañoso, una ilusión que el tiempo desvanece. Fíjate en la realidad. Esos chicos que al año y medio hablan y picotean, que á los dos años discurren y te dicen cosas muy sabias, luego dan el cambiazo y se vuelven tontos. De lo contrario he visto yo muchos ejemplos. Niños que parecían fenómenos, resultaron después hombres de extraordinario talento. La Naturaleza tiene sus caprichos..., llamémoslos así por no saber qué nombre darles... no gusta de que le descubran sus secretos, y da las grandes sorpresas... Espérate; ahora que recuerdo... Sí, yo he leído de un grande hombre que en los primeros años era como tu Valentín, una fierecilla. ¿Quién es? ¡Ah! ya me acuerdo: Víctor Hugo nada menos.

—¡Víctor Hugo! Tú estás loca.

—Que lo he leído, vamos. Y tú lo habrás leído también, sólo que se te ha olvidado... Era como el tuyo, y los padres ponían el grito en el cielo... Luego vino el desarrollo, la crisis, el segundo nacimiento, como si dijéramos, y aquella cabezota resultó llena con todo el genio de la poesía.

Con razones tan expresivas é ingeniosas insistió en ello Augusta, que la otra acabó por creerlo y consolarse. Debe decirse que la de Orozco se hallaba dotada de un gran poder sugestivo sobre Fidela, el cual tenía su raiz en el intensísimo cariño que ésta le había tomado en los últimos tiempos; idolatría más bien, una espiritual sumisión, semejante en cierto modo á la que Cruz sentía por el santo Gamborena. ¿Verdad que es cosa rara esta similitud de los efectos, siendo tan distintas las causas, ó las personas? Augusta, que no era una santa ni mucho menos, ejercía sobre Fidela un absoluto dominio espiritual, la fascinaba, para decirlo en los términos más comprensibles, era su oráculo para todo lo relativo al pensar, su resorte maestro en lo referente al sentir, el consuelo de su soledad, el reparo de su tristeza.

Obligada á triste encierro por su endeble salud, Fidela habría retenido á su lado á la amiga del alma, mañana, tarde y noche. Fiel y consecuente la otra, no dejaba de consagrarle todo su tiempo disponible. Si algún día tardaba, la Marquesita se sentía peor de sus dolencias, y en ninguna cosa hallaba consuelo ni distracción. Recados y cartitas eran el único alivio de la ausencia de la persona grata, y cuando Augusta entraba, después de haber hecho novillos una mañana ó un día enteros, veíase resucitar á Fidela, como si en alma y cuerpo saltase de las tinieblas á la luz. Esto pasó aquella mañana, y el gusto de verla le centuplicó la credulidad, disponiéndola para admitir como voz del Cielo todo aquello de la monstruosa infancia de Víctor Hugo, y otros peregrinos ejemplos que la compasiva embaucadora sacaba de su cabeza. Luego empezaron las preguntitas:

—¿Qué has hecho desde ayer tarde? ¿Por tu casa ocurre algo? ¿Qué se dice por el mundo? ¿Quién se ha muerto? ¿Hay algo más del escándalo de las Guzmanas? (Eloísa y María Juana.)