—Concibiendo y pariendo y criando hijos robustos.

—Eso sí.

—Para después verles ir de soldados.

—Eso no.

—Y envejeciendo en los trabajos rudos, con un marido que más bien parece un animal doméstico...

—Bah... ¿Y qué nos importaría? Yo tengo sobre eso una idea que alguna vez te he dicho. Mira: anoche estuve toda la noche pensando en ello. Se me antojaba que era yo una gran filósofa, y que mi cabeza se llenaba de un sin fin de verdades como puños, verdades que si se escribieran habrían de ser aceptadas por la humanidad.

—¿Qué es?

—Si te lo he dicho... Pero nunca he sentido en mí tanto convencimiento como ahora. Digo y sostengo que el amor es una tontería, la mayor necedad en que el ser humano puede incurrir, y que sólo merecen la inmortalidad los hombres y mujeres que á todo trance consigan evitarla. ¿Cómo se evita? Pues muy fácilmente, ¿Quieres que te lo explique, grandísima tonta?

Vacilante entre la risa y la compasión, oyó Augusta las razones de su amiga. Triunfó al cabo el buen humor, soltaron ambas la risa. Ya la Marquesa ponía el paño al púlpito para explanar su tesis, cuando entraron con el almuerzo, y la tesis se cayó debajo de la mesa, y nadie se acordó más de ella.

IX