«Esto no se puede sufrir—dijo Doña Francisca—. Por último, llevarán a los paisanos, y si se les antoja, también a las mujeres... Señor —prosiguió mirando al Cielo con ademán de pitonisa—, no creo ofenderte si digo que maldito sea el que inventó los barcos, maldito el mar en que navegan, y más maldito el que hizo el primer cañón para dar esos estampidos que la vuelven a una loca, y para matar a tantos pobrecitos que no han hecho ningún daño».
D. Alonso miró a Malespina, buscando en su semblante una expresión de protesta contra los insultos dirigidos a la noble artillería. Después dijo:
«Lo malo será que los navíos carezcan también de buen material; y sería lamentable...»
Marcial, que oía la conversación desde la puerta, no pudo contenerse y entró diciendo:
«¿Qué ha de faltar? El
Trinidad 140 cañones: 32 de a 36, 34 de a 24, 36 de a 12, 18 de a 30, y 10 obuses de a 24. El Príncipe de Asturias 118, el Santa Ana 120, el Rayo 100, el Nepomuceno, el San...
—¿Quién le mete a usted aquí, Sr. Marcial—chilló Doña Francisca—, ni qué nos importa si tienen cincuenta u ochenta?»
Marcial continuó, a pesar de esto, su guerrera estadística, pero en voz baja, dirigiéndose sólo a mi amo, el cual no se atrevía a expresar su aprobación.
Ella siguió hablando así:
«Pero, D. Rafael, no vaya usted, por Dios. Diga usted que es de tierra; que se va a casar. Si Napoleón quiere guerra, que la haga él solo; que venga y diga: «Aquí estoy yo: mátenme ustedes, señores ingleses, o déjense matar por mí». ¿Por qué ha de estar España sujeta a los antojos de ese caballero?