El cirujano dijo que convenía dejar reposar al herido, y no sostener en su presencia conversación alguna, sobre todo si ésta se refería al pasado desastre. D. José María, que tal oyó, aseguró que, por el contrario, convenía reanimar el espíritu del enfermo con la conversación.
«En la guerra del Rosellón, los heridos graves (y yo lo estuve varias veces) mandábamos a los [soldados] que bailasen y tocasen la guitarra en la enfermería, y seguro estoy de que este tratamiento nos curó más pronto que todos los emplastos y botiquines.
—Pues en las guerras de la República francesa—dijo un oficial andaluz que quería confundir a D. José María—, se estableció que en las ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una compañía de ópera, y con esto se ahorraron los médicos y boticarios, pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban todos como nuevos.
—¡Alto ahí!—exclamó Malespina—. Esa es grilla, caballerito. ¿Cómo puede ser que con música y baile se curen las heridas?
—Usted lo ha dicho.—Sí; pero eso no ha pasado más que una vez, ni es fácil que vuelva a pasar. ¿Es acaso probable que vuelva a haber una guerra como la del Rosellón, la más sangrienta, la más hábil, la más estratégica que ha visto el mundo desde Epaminondas? Claro es que no; pues allí todo fue extraordinario, y puedo dar fe de ello, que la presencié desde el Introito hasta el Ite misa est. A aquella guerra debo mi conocimiento de la artillería; ¿usted no ha oído hablar de mí? Estoy seguro de que me conocerá de nombre. Pues sepa usted que aquí traigo en la cabeza un proyecto grandioso, y tal que si algún día llega a ser realidad, no volverán a ocurrir desastres como éste del 21. Sí, señores—añadió mirando con gravedad y suficiencia a los tres o cuatro oficiales que le oían—: es preciso hacer algo por la patria; urge inventar algo sorprendente, que en un periquete nos devuelva todo lo perdido y asegure a nuestra marina la victoria por siempre jamás amén.
—A ver, Sr. D. José María—dijo un oficial—; explíquenos usted cuál es su invento.—Pues ahora me ocupo del modo de construir cañones de a 300.
—¡Hombre, de a 300!—exclamaron los oficiales con aspavientos de risa y burla—. Los mayores que tenemos a bordo son de 36.
—Esos son juguetes de chicos. Figúrese usted el destrozo que harían esas piezas de 300 disparando sobre la escuadra enemiga—dijo Malespina—. Pero ¿qué demonios es esto?—añadió agarrándose para no rodar por el suelo, pues los balanceos del Rayo eran tales que muy difícilmente podía uno tenerse derecho.
—El vendaval arrecia y me parece que esta noche no entramos en Cádiz», dijo un oficial retirándose.
Quedaron sólo dos, y el mentiroso continuó su perorata en estos términos: