Si al principio lo negaba la niña, luego asentía con su desdeñoso silencio. Un día se atrevió a responderle:

—Bueno, pues salgo, ¿y qué? ¿He de estar encerrada toda mi vida?

Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego, entre airado y burlón, le decía:

—Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún mequetrefe, de estos bacillus virgula del amor que andan por ahí, único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a fuerza de oír sandeces, te marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no te lo perdono. Si me faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y dónde está ese hombre digno rival de lo presente? En ninguna parte, ¡vive Dios! Cree que no ha nacido... ni nacerá. Así y todo, tú misma reconocerás que no se me desbanca a mí tan fácilmente... Ven acá: basta de moñitos. ¡Si creerás que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos si te fueras de mí! No encontrarías más que tipos, de una insipidez abrumadora... Vaya, hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no, tú no me engañas. Eres una mujer superior, que conoce el mérito y...

Con estas cosas, no menos que con sus arranques de mal genio, D. Lope llegó a inspirar a su cautiva un aborrecimiento sordo y profundo, que a veces se disfrazaba de menosprecio, a veces de repugnancia. Horriblemente hastiada de su compañía, contaba los minutos esperando el momento en que solía echarse a la calle. Causábale espanto la idea de que cayese enfermo, porque entonces no saldría, ¡Dios bendito!, y ¿qué sería de ella presa, sin poder...? No, no; esto era imposible. Habría paseíto, aunque D. Lope enfermase o se muriera. Por las noches, casi siempre fingía Tristana dolor de cabeza para retirarse pronto de la vista y de las odiadas caricias del don Juan caduco. «Y lo raro es —decía la niña a solas con su pasión y su conciencia— que si este hombre comprendiera que no puedo quererle, si borrase la palabra amor de nuestras relaciones, y estableciera entre los dos... otro parentesco, yo le querría, sí señor, le querría, no sé cómo, como se quiere a un buen amigo, porque él no es malo, fuera de la perversidad monomaníaca de la persecución de mujeres. Hasta le perdonaría yo el mal que me ha hecho, mi deshonra, se lo perdonaría de todo corazón, sí, sí, con tal que me dejase en paz... Dios mío, inspírale que me deje en paz, y yo le perdonaré, y hasta le tendré cariño, y seré como las hijas demasiado humildes que parecen criadas, o como las sirvientes leales, que ven un padre en el amo que les da de comer.»

Felizmente para Tristana, no solo mejoró la salud de Garrido, desvaneciéndose con esto los temores de que se quedara en casa por las tardes, sino que debió de tener algún alivio en sus ahogos pecuniarios, porque cesaron sus murrias impertinentes, y se le vio en el temple sosegado en que vivir solía. Saturna, perro viejo y machucho, comunicó a la señorita sus observaciones sobre este particular.

—Bien se ve que el amo está en fondos, porque ya no se le ocurre que yo pueda ensuciarme por un cuarto de escarola, ni se olvida del respeto que, como caballero, debe a las que llevamos una falda, aunque sea remendadita. Lo malo es que cuando cobra los atrasos, se los gasta en una semana, y luego..., adiós caballería, y otra vez ordinario, cominero y metomentodo.

Al propio tiempo, volvió D. Lope a poner en el cuidado de su persona un prolijo esmero señoril, acicalándose como en sus mejores tiempos. Ambas mujeres dieron gracias a Dios por esta feliz restauración de costumbres, y aprovechando las ausencias metódicas del tirano, entregose la niña con toda libertad al inefable goce de sus paseítos con el hombre que amaba.

El cual, por variar el escenario y la decoración, llevaba un coche las más de las tardes, y metiéndose los dos en él, se daban el gustazo de alejarse de Madrid casi hasta perderlo de vista. Testigos de su dicha fueron el cerro de Chamartín, las dos torres, que parecen pagodas, del colegio de los jesuitas, y el pinar misterioso; hoy el camino de Fuencarral, mañana las sombrías espesuras del Pardo, con su suelo de hojas metálicas erizadas de picos, las fresnedas que bordean el Manzanares, las desnudas eminencias de Amaniel, y las hondas cañadas del Abroñigal. Dejando el coche, paseaban a pie largo trecho por los linderos de las tierras labradas, y aspiraban con el aire las delicias de la soledad y plácida quietud, recreándose en cuanto veían, pues todo les resultaba bonito, fresco y nuevo, sin reparar que el encanto de las cosas era una proyección de sí mismos. Retrayendo los ojos hacia la causa de tanta hermosura, que en ellos residía, entregábanse al inocente juego de su discretismo, que a los no enamorados habría parecido empalagoso. Sutilizaban los porqués de su cariño, querían explicar lo inexplicable, descifrar el profundo misterio, y al fin paraban en lo de siempre, en exigirse y prometerse más amor, en desafiar la eternidad, dándose garantías de fe inalterable en vidas sucesivas, en los cercos nebulosos de la inmortalidad, allá donde habita la perfección y se sacuden las almas el polvo de los mundos en que penaron.

Mirando a lo inmediato y positivo, Horacio la incitaba a subir con él al estudio, demostrándole la comodidad y reserva que aquel local les ofrecía para pasar juntos la tarde. ¡Flojitas ganas tenía ella de ver el estudio! Pero tan grande como su deseo era su temor de encariñarse demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no pudiera abandonarlo. Barruntaba lo que en la vivienda de su ídolo, vecina de los pararrayos, según Saturna, podría pasarle; es decir, no lo barruntaba, lo veía tan claro que más no podía ser. Y le asaltaba el recelo amarguísimo de ser menos amada después de lo que allí sucediera, como se pierde el interés del jeroglífico después de descifrado; recelaba también que el caudal de su propio cariño disminuyera, prodigándose en el grado supremo.