—No, dilo tú.

—Deseabas tener un chiquillín.

—¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le quitaba Dios. Porque se mueren todos (con exaltación). ¿No ves pasar continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da una tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto..., y el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que no.

—Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados, cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en su hogar honradísimo y librísimo..., digo, libérrimo, ¿en cuál de los hogares vivirá el angelito?

Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se esperaba la temida proposición, y al pronto no encontró manera de resolverla. De súbito, congestionado su pensamiento con un mundo de ideas que en tropel lo asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer la verdad, y la expresó en esta forma:

—Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío, mío, ¿con quién ha de estar?

—Pero como será mío también, como será de los dos...

—Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero decir... Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que es mío, porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es indudable; pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!, no me hagas hablar así, ni dar estas explicaciones.

—Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal situación, que yo pueda decir: mío, mío.

—Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.