«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió... algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo el color, no veo la línea, no veo más que a mi Restituta, que me encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda la sal del botiquín

(Nota del colector: Llamaban botiquín al mar por aquel cuento andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada.)

«... Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri.

»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de los éxtasis... inteligenti pauca. Cuando Dios te echó al mundo, llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres un cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga a la cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh Restituta!, que todos los bienes del mundo son una perra chica comparados con lo que tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición y perseguidas por la fortuna, son un zapato viejo comparadas con la gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, digo mal: quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti emperatriz. Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, y manda que me azoten.»

De ella a él:

«... Ni en broma me digas que puede mi señó Juan dejar de quererme. No conoces tú bien a tu Panchita de Rímini, que no se asusta de la muerte, y se siente con valor para suicidarse a sí misma con la mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua. ¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo lo que hay por allá!, y verle la cara al pusuntra!... ¡Curarse radicalmente de aquella dudita fastidiosa de ser o no ser, como dijo Chispecrís...! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un poquito menos, porque mira tú..., ¡si vieras qué bonita colección de revólveres tiene mi D. Lepe! Y te advierto que lo sé manejar, y que si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo...»

¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito en que estaban escritos.

XVII

Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz, que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una desesperación lúgubre. He aquí la muestra:

«Caro bene, mio diletto, ¿es verdad que me quieres tanto y que en tanto me estimas? Pues a mí me da por dudar que sea verdad tanta belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta fuera de abono o un telegrama que diga: Existo. Firmado, señó Juan... Soy tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, que mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son tan felices como yo los justos que están en éxtasis a la verita de la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta. Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?, al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas, entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al globo terráqueo. No; más, mucho más. Tantos como segundos tarde la hormiga en partir en dos, con sus patas, la esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una misma línea... Conque saca esa cuenta, tonto.»