—Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada, y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu destino...
—¡Mi destino! —exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron de luz.
—Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres. Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja, niña querida! (Adoptando el tonillo zumbón.) ¡Vaya que a una mujer de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito, de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún; no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede ser.
XXI
«¡Ay, Dios mío —decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando fijamente a su viejo—, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»
—¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? —le preguntó D. Lepe, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba el sentimiento íntimo de su victoria.
—Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos, que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se realizarán...
—¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! —replicó Garrido, con el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de perjurio—. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.
Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y las prosas de la intimidad matrimoñesca.
Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban a la señorita, servíanle de lenitivo en su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al quedarse sola con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos de ideal alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y gozándose en la idea de verlas realizadas.