Después de consolar a la enferma con cuatro mentiras muy bien tramadas, encerrose Miquis con D. Lope en el cuarto de este, dejándose en la puerta sus bromas y la máscara de amabilidad caritativa, y le habló con la solemnidad propia del caso.
—Amigo D. Lope —dijo, poniendo sus dos manos sobre los hombros del caballero, que parecía más muerto que vivo—, hemos llegado a lo que yo me temía. Tristanita muy grave. A un hombre como usted, valiente y de espíritu sereno, capaz de atemperarse a las circunstancias más angustiosas de la vida, se le debe hablar con claridad.
—Sí —murmuró el caballero, haciéndose el valiente, y creyendo que el cielo se le venía encima, por lo cual, con movimiento instintivo, alzó las manos como para sostenerlo.
—Pues sí... La fiebre altísima, el frío en la médula, ¿sabe usted lo que es? Pues el síntoma infalible de la reabsorción...
—Ya, ya comprendo...
—La reabsorción... el envenenamiento de la sangre... la...
—Sí... y...
—Nada, amigo mío. Ánimo. No hay más remedio que operar...
—¡Operar! —exclamó Garrido, en el colmo del aturdimiento—. Cortar... ¿no es eso? ¿Y usted cree...?
—Puede salvarse, aunque no lo aseguro.