—Sr. D. Lope —dijo Miquis con triste acento—, en estas ocasiones de prueba se ven los puntos que calza nuestra capacidad para el infortunio. Muchos que se tienen por cobardes resultan animosos, y otros que se creen gallos salen gallinitas. Usted sabrá ponerse a la altura de la situación.

—Y será forzoso prepararla... ¡Dios mío, qué trance! Yo me muero... yo no sirvo, D. Augusto...

—¡Pobrecilla! No se lo diremos claramente. La engañaremos.

—¡Engañarla! No se ha enterado usted todavía de su penetración.

—En fin, vamos allá, que en estas cosas, señor mío, hay que contar siempre con alguna circunstancia inesperada y favorable. Es fácil que ella, si tanta agudeza tiene, lo haya comprendido, y no necesitemos... El enfermo suele ver muy claro.

XXIII

No se equivocaba el sagaz alumno de Hipócrates. Cuando entraron a ver a Tristana, esta les recibió con semblante entre risueño y lloroso. Se reía, y dos gruesos lagrimones corrían por sus mejillas de papel.

—Ya, ya sé lo que tienen que decirme... No hay que apurarse. Soy valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna? Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me sirve para nada...! Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con muletas, o como Dios me dé a entender...

—Hija mía, te quedarás buenísima —dijo don Lope, envalentonándose al verla tan animosa—. Pues si yo supiera que cortándome las dos me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes, y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha encajado la Naturaleza.

—En fin —agregó Miquis—, no se asuste la muñeca, que no la haremos sufrir nada... pero nada... Ni se enterará usted. Y luego se sentirá muy bien, y dentro de unos cuantos días ya podrá entretenerse en pintar...